Hubo un momento —no tan lejano— en que hablar de criptomonedas implicaba hablar de ruptura. De un sistema nuevo. De reglas distintas. De una alternativa real a lo que ya existía. Esa promesa, más que tecnológica, era psicológica: la idea de que algo realmente podía ser diferente.
Hoy, el tono es otro. Más bajo. Más pragmático. Más cansado, quizá.
Las criptomonedas siguen ahí. Los protocolos funcionan. Las transacciones se procesan. La actividad no desapareció. Pero algo cambió en silencio: ya no se entra por convicción, se entra por precaución. No porque se crea profundamente en un futuro distinto, sino porque quedarse fuera empieza a sentirse como un riesgo en sí mismo.
No es una crítica. Es una observación.
La narrativa dominante ya no gira en torno a “esto va a cambiar el mundo”, sino a “mejor estar, por si acaso”. Por si el sistema tradicional falla. Por si el dinero se degrada. Por si esta vez sí ocurre algo grande. Cripto como cobertura emocional. Como seguro psicológico. No como proyecto transformador.
Ese cambio es sutil, pero profundo. Y explica muchas contradicciones actuales. Por qué hay adopción sin entusiasmo. Por qué hay uso sin discurso. Por qué tantas personas participan sin poder explicar con claridad para qué.
Antes, el relato justificaba la incomodidad: volatilidad, complejidad, fricción. Todo tenía sentido porque el objetivo era grande. Ahora, la incomodidad se tolera por otro motivo: no quedar rezagado. No cometer el error de no haber estado. No repetir la historia de quienes “llegaron tarde”.
Esto no significa que la tecnología haya perdido valor. Significa que el marco mental cambió. Y cuando el marco cambia, también cambia la forma en que se toman decisiones. Ya no se pregunta tanto “¿en qué creo?”, sino “¿qué pasa si no estoy?”. Es una diferencia pequeña en apariencia, pero enorme en consecuencias.
Por eso muchas discusiones actuales suenan huecas. Se repiten conceptos del pasado para justificar comportamientos del presente que ya no responden a esas ideas. Se habla de descentralización, de soberanía, de libertad financiera, mientras la motivación real es mucho más simple: no quedar fuera de algo que podría importar.
Quizá las criptomonedas no fracasaron en su promesa original. Quizá simplemente entraron en otra etapa. Una menos épica. Más defensiva. Más parecida al resto del sistema del que decían querer escapar.
Y ahí está la incomodidad real: cuando algo que nació para ofrecer un futuro distinto empieza a existir, sobre todo, para tranquilizar el miedo a no haber estado.
No es el fin de nada. Pero tampoco es el comienzo que muchos imaginaban.