En la planilla de pagos hay una casilla que no negocia: Currency: USD. La casilla está ahí como si el formulario supiera algo que el debate todavía finge discutir. El mundo no conversa el dólar; lo encaja.
En enero de 2026, seguir llamándolo “moneda fuerte” suena correcto, pero ya no describe lo principal. No porque haya perdido poder, sino porque su función dominante se volvió menos discutible y más mecánica. El dólar opera como mantenimiento: trabajo invisible, responsable de que todo parezca legible.
Cuando el mantenimiento es barato, las discusiones pueden ser abstractas. Cuando se encarece, vuelven los detalles: plazos, márgenes, cláusulas, garantías, límites internos. No es épica. Es gente intentando que nada se rompa en medio de transacciones que cruzan jurisdicciones y miedos distintos.
Un importador no “confía” en el dólar como acto de fe. Lo usa porque su proveedor lo usa, porque el seguro lo entiende, porque el banco lo reconoce sin traducciones, porque la cadena de pagos no tolera ambigüedad. Una empresa firma en dólares para no quedarse sola hablando un dialecto. Ahí el dólar no es símbolo: es formato de compatibilidad.
También es rutina de Estado. Reservas, energía, materias primas, financiamiento externo: casi todo termina tocando el mismo estándar aunque el discurso público hable de soberanía. A veces el dólar ni aparece en el centro; está en los bordes, como unidad de cuenta o idioma de litigio. El mantenimiento, entonces, no es “tener dólares”. Es sostener una arquitectura que evita preguntas en el peor momento.
Y la compatibilidad cuesta. Se paga con coberturas, rolleo, colateral, horas de backoffice que nadie presume. Se paga con la disciplina de que el error sea raro. Se paga con el hábito de anticiparse a fallas pequeñas, esas que no hacen titulares pero que, acumuladas, cambian el carácter de una economía.
Por eso el relato “¿caerá el dólar?” tiene algo de película. El sistema rara vez se quiebra de forma limpia. Lo que cambia, normalmente, es cuánto roce se tolera. Cuando el mantenimiento sube, el mundo no se detiene; se mueve como si hubiera un vidrio extra entre las partes. Todo llega, pero llega tarde.
Hay un momento sutil en que el dólar deja de ser fondo y se vuelve tema. Y cuando se vuelve tema, el mantenimiento cambia de naturaleza: deja de ser técnico y se vuelve político, emocional, identitario. El costo ya no es solo financiero; es fricción legal, contable, de cumplimiento, fricción en la velocidad de cerrar acuerdos. Más energía mental dedicada a evitar problemas. Menos energía para producir.
Se puede crecer y, al mismo tiempo, gastar cada vez más en que el propio sistema de precios no se desarme por detalles. Se puede tener titulares optimistas y, debajo, un turno silencioso corrigiendo desajustes para que el día parezca ordenado. No es metáfora: es tiempo, salario, atención, desgaste.
La duda que queda no es moral. Es de latencia: cuánta demora adicional por operación puede absorber una economía antes de volverse otra cosa sin anunciarlo. Un segundo aquí. Otro allá. Y el mantenimiento, que antes era fondo, empieza a marcar un latido.