La recompensa no llega como dinero. Llega como catálogo.
Te ofrecen un “canje”. Un menú de opciones, un botón de “usar puntos”, una lista de beneficios que parecen gratis solo porque están escritos en otra unidad. No es el confeti. No es la barra. Es la sensación de permiso: compraste, así que ahora puedes “recuperar” algo… pero dentro de su vitrina.
El gesto se vuelve identidad. En la caja, cuando dices tu RUT o tu número de socio, hay un microsegundo de orgullo: no soy de los que pagan completo, yo “aprovecho”. No te venden ahorro; te venden pertenencia a una especie de adulto responsable que sabe jugar con el sistema.
La promesa visible sigue siendo simple: devolución, puntos, millas, cashback en monedas propias. Lo que cambia el sistema ocurre después, cuando el gasto ya pasó y tú te ves tentado a reescribirlo. Ya no fue una salida: fue una jugada que habilita acceso. El precio se vuelve peaje. Pagas para abrir una segunda capa: categoría, prioridad, tramo, un “beneficio” que se siente personal aunque esté automatizado.
Ahí aparece el segundo libro contable. Paralelo al de pesos. Uno donde las decisiones no se miden por necesidad sino por oportunidad: cuánta ventaja queda sin usar, cuánta torpeza sería dejar un canje “en la mesa”. El argumento se vuelve familiar: “igual recupero parte”. Y esa parte puede ser un descuento futuro, un cupón, un envío gratis, una cifra que no puedes retirar como cifra. No importa. Ya operó como excusa elegante.
Por eso la recompensa rara vez es libre. Hay mínimos, condiciones, umbrales, letras pequeñas que llegan tarde. A veces hay fecha. A veces el beneficio solo existe si vuelves a comprar en el mismo ecosistema que te lo entregó. Es una devolución que te empuja a regresar, no una devolución que te libera. Como si el premio fuera una cuerda fina: no te amarra, pero te marca por dónde caminar.
El dinero se fragmenta: una parte en el banco, otra en saldo “pendiente”, otra en puntos que no son ahorro ni descuento, pero se comportan como ambos según convenga. El total se vuelve menos legible, no por opacidad técnica, sino por multiplicación de formatos. Terminas pensando en cajones: lo de la tarjeta, lo del programa, lo del próximo canje. Y en los cajones, la culpa se vuelve administrable.
Cuando esa fragmentación se vuelve rutina, el crédito cambia de textura. No porque el endeudamiento sea nuevo, sino porque se vuelve liviano en la percepción: una compra financiada puede sentirse menos como costo y más como estrategia, porque suma puntos, porque acelera canjes, porque sostiene estatus. El consumo empieza a justificarse como optimización. Y optimizar tiene un aura inocente.
Lo inquietante es el giro doméstico: la decisión deja de preguntar “¿lo necesito?” y empieza a preguntarse “¿qué pierdo si no juego?”. La pérdida ya no es solo dinero. Es bajar de tramo, no aprovechar el permiso, sentir que pagaste “como cualquiera”. Sin ese marco, comprar se siente desnudo.
Y queda una duda que no es moral ni contable. Si mi límite financiero empieza a depender de canjes condicionados —de esa vitrina de recompensas—, ¿qué queda para decirme, sin permiso ajeno, que ya es suficiente?