Existen cosas que viajan y llegan intactas. Y otras cosas que viajan y llegan con una especie de maquillaje: se ven iguales, se llaman igual, pero perdieron algo por el camino. Una foto enviada por un chat suele hacer ese truco. No se nota a primera vista. Después, cuando intentas ampliar, aparece la pérdida: la piel se vuelve lisa, los bordes se rompen, la escena queda un poco más pobre de lo que jurabas haber capturado.
Mover un token de una red a otra se parece más a eso que a un traslado. No es que “camine” por un túnel. En algún lado queda algo inmóvil —bloqueado, retenido, dormido— y en el otro aparece una versión que promete comportarse como la anterior. Si la promesa se sostiene, nadie piensa en la costura. Si se tensa, la costura se vuelve el tema.
La comisión es la cifra que te dejan mirar. La parte que entra bien en una comparación rápida. A veces es barata, a veces duele, pero siempre es nítida: un número que baja antes de que el saldo vuelva a acomodarse. Por eso la discusión se queda ahí. Es cómodo: paga y sigue.
Lo que cambia debajo es menos visible y mucho más determinante. Cambias el modo en que una transferencia deja de ser “en curso” y pasa a ser “hecho”. Cambias el tipo de final. Hay redes donde el final es una piedra: cae y ya está. Hay otras donde el final se parece más a un vidrio: se ve firme hasta que el tráfico se espesa, hasta que el sistema tiene que reordenarse, hasta que aparece esa espera rara en la que lo único que puedes hacer es mirar un estado que no avanza.
Ahí aparece el puente, que rara vez se piensa como puente. Funciona como una máquina de copia con reglas. Dice: lo que estaba allá aparecerá acá. No por magia: por condiciones. Que el mecanismo no se equivoque. Que quienes lo sostienen sigan ahí. Que el lado nuevo no decida, de pronto, que esa copia ya no es aceptable en los mismos términos.
Cuando todo marcha, el activo parece el mismo activo. Pero en realidad quedó apoyado en un conjunto nuevo de supuestos. En una red, tu propiedad se siente como un hecho escrito en piedra. En otra, se siente como algo que se mantiene mientras el resto no cambie de humor: mientras no haya pausa, mientras no haya congestión, mientras no haya una corrección tardía que te recuerde que “final” era una palabra con asterisco.
No es tragedia. Es el precio real de la comodidad. Cambiar de red se volvió normal porque se volvió fácil; y cuando algo se vuelve fácil, también se vuelve fácil olvidar qué estaba comprando esa facilidad.
La duda que queda no es si las comisiones bajarán ni si los puentes serán más seguros. Es otra, más silenciosa: cuando un activo puede “seguir siendo” el mismo solo porque una copia aguanta, ¿cuánta seguridad estás viendo… y cuánta estás suponiendo?