Asunto: Tu cuenta está en revisión.
No es una frase. Es el momento en que descubres qué parte del negocio no era tuya.
Hasta hace nada la rutina parecía decente: entra un pedido, el pago “aprueba”, la etiqueta se imprime, el chat queda en verde. La promesa del marketplace es continuidad sin conversación: vender y ya.
Después aparece la escalera de permisos. No se rompe todo; se va apagando por tramos. Sigues visible, pero no cobras. Sigues “vendiendo”, pero no puedes retirar. Sigues enviando, pero el dinero queda suspendido, a medio existir.
El panel se vuelve gris. No dice “cerrado”. Dice “limitado”. Dice “verificación”. Dice “en evaluación”. A veces te deja una cifra fría: saldo retenido, 17 días. Motivo: no disponible. Y lo más inquietante: no define el verbo. Verificar qué, contra qué, con qué criterio. La plataforma no te acusa en público; te deja solo con un estado.
Ahí cambian las unidades. Ya no compites por margen, foto, reseña. Compites por no activar una alerta que nadie describe. Un número flota como amenaza tibia: Reclamos: 3,1 %. No sabes si es alto. Solo sabes que te miran desde ahí.
El permiso más caro no es publicar. Es cobrar sin que el cobro tenga marcha atrás.
La reversibilidad es asimétrica. Tú envías producto irreversible: bodega, embalaje, etiqueta, camión. Ellos administran un dinero reversible: contracargo, disputa, pausa, congelamiento. Y en medio queda una forma rara de crédito: el marketplace toma tu caja como garantía, sin pedirte firma.
Entonces la empresa aprende a escribir para una interfaz. No para el cliente. Ajusta palabras en fichas como quien evita activar una alarma. Se vuelve prudente con su propia velocidad: vender demasiado rápido empieza a sentirse como “comportamiento inusual”. Crecer ya no es solo demanda; es tolerancia del sistema.
La disputa llega con plazos que suenan a justicia rápida: “tienes 48 horas”. Subes pruebas, conversación, comprobantes. El sistema te agradece, y el proceso sigue como si el hecho fuera discutible. La mercancía ya se fue; lo que vuelve atrás es el relato.
En un negocio propio, un error duele porque tiene forma. Aquí el daño duele por lo contrario: no tiene nombre. No sabes si se rompió una norma, si bajó un umbral, si tu cuenta entró en una estadística. La operación queda suspendida sin escena.
Y aparece la economía de la apelación: horas gastadas pidiendo permiso para seguir operando. No es soporte. Es trabajo administrativo sin factura, acumulado en silencio. Ticket 48217. Estado: resuelto. Luego cerrado. Si necesitas más ayuda, abre un nuevo caso. Como si el caso fuera anécdota, no caja detenida.
En ese tramo, la competencia importa poco. Importa la cola: si tu reclamo cae en un flujo que alguien mira o en uno que solo archiva. La plataforma no promete justicia; promete proceso. Y el proceso, cuando te frena, se siente como propiedad ajena.
En ese punto el negocio deja de preguntarse “cómo vender más”. La duda se vuelve menos épica: qué significa crecer si tu caja puede ser prestada por otros, a tasa cero para ellos y con riesgo completo para ti. Qué parte de la empresa sigues controlando cuando el dinero solo existe si una pantalla lo confirma.
Asunto: Tu cuenta está en revisión.