A veces el precio casi no se mueve y, aun así, entrar o salir se vuelve más caro: la diferencia entre compra y venta se agranda y hay menos órdenes esperando del otro lado. No siempre es miedo colectivo. A veces es un permiso que cambió de estado.
En proyectos con vesting, ese permiso está escrito. Tokens que ayer estaban bloqueados pasan a ser transferibles. No hace falta un anuncio para que eso importe; basta con que cambie lo que se puede hacer con esas unidades. De pronto son vendibles o prestables. Y ese cambio llega con fecha.
El mercado ama la idea de sorpresa porque parece libertad: el precio incorpora información, todo se procesa en tiempo real, compradores y vendedores deciden. Un desbloqueo va en la dirección opuesta. Es información previsible, con reglas. No es rumor. Es calendario.
Lo decisivo no es solo cuánta oferta existe, sino quién la ve con anticipación. Para el inversor promedio, la oferta es una cifra lejana: circulación, máximo, “total”. Para quienes están cerca —equipo, inversores tempranos, tesorería— la oferta es agenda. No dice “tal vez”. Dice “se habilita”.
Ese “se habilita” cambia conductas. Y la conversación pública lo reduce a una frase cómoda: “se viene presión vendedora”. Como si el desbloqueo fuera una sola mano soltando tokens al exchange y listo. En la práctica se parece más a una distribución con varias salidas: parte paga gastos, parte reordena incentivos, parte alimenta liquidez, parte se negocia en privado antes de tocar una orden visible.
Hay un tramo que el gráfico no cuenta bien. Algunos desbloqueos se cubren con derivados, se pactan precios por adelantado, se compensa riesgo con futuros. La venta visible puede ser el final de una operación que empezó fuera del mercado abierto. Por eso el precio que miras, a veces, llega tarde.
Y por eso la primera señal no siempre es una caída. A veces lo primero es operativa: menos órdenes, más diferencia entre compra y venta, un mercado menos dispuesto a absorber oferta. No porque alguien “sepa algo” secreto, sino porque el calendario vuelve racional reducir esa disposición. Se espera a ver cuánto flujo aparece de verdad.
Ahí la causalidad se invierte. No es “el precio cae y por eso se vende”. Puede ser “se vende para que el precio no caiga tanto”. O se estira el flujo. O se diseña una salida lenta que, desde fuera, parece comportamiento espontáneo; desde dentro, es administración.
El calendario no solo anticipa oferta. Anticipa conductas. Y, con ellas, una forma de poder discreto: quien lee la tabla y tiene capital para aguantar semanas de liberaciones no juega el mismo juego que quien llega tarde y necesita liquidez ya, no por pánico, sino por estructura.
Lo incómodo es que esto convive con una estética de descentralización. Un token puede vivir en una red abierta y, al mismo tiempo, estar gobernado por un cronograma de distribución que nadie vota.
La duda, entonces, no es si los desbloqueos “son buenos” o “son malos”. La duda es otra: cuántas veces llamamos sentimiento del mercado a una diferencia más alta entre compra y venta, cuando en realidad estamos viendo un calendario ejecutándose.