Ayer en la noche tu cuenta tenía $2.630. Hoy en la mañana abre con un número que no te reconoce: -$6.360. Debajo, una línea chica que ya es costo: “comisión sobregiro $3.990”. No compraste nada nuevo. No firmaste nada nuevo. Solo dormiste.
El sobregiro no se siente como crédito porque no llega con ceremonia. No aparece como “solicitud aprobada”. Aparece como continuidad. El sistema prefirió que la compra pasara igual, que el débito automático no rebotara, que el comercio no recibiera un “rechazado”. Ese gesto es cómodo cuando te evita un problema, pero es caro cuando te despierta con saldo negativo y con interés corriendo por día.
Lo más raro es el cambio de identidad del dinero en el mismo lugar. En positivo, el saldo es una foto. En negativo, el saldo se vuelve una máquina: empieza a producir ingreso. No es moral; es contabilidad. El banco ejecuta una opción que ya estaba instalada como cláusula, escondida dentro del “producto”.
Por eso la discusión real no es “me quedé sin plata”. Es “quedé dentro de una línea sin pedirla”. A muchos les ocurre por montos chicos y por errores domésticos: una fecha que se adelantó, un cobro que se duplicó, un pago que entró antes de la transferencia esperada. Y como el sobregiro existe para que el sistema siga andando, no para que tú entiendas, la explicación llega tarde, en forma de cargo.
Hay un detalle que cambia la semana: el sobregiro no es solo interés. Es fricción acumulada. Si el saldo queda bajo cero varios días, pueden cobrar por día, por evento o por “mantener” la cuenta en negativo. Y si justo cae otro pago automático, el sistema puede seguir cubriendo… hasta que el límite invisible se acaba y ahí sí aparece el rechazo. Primero te “salvan”, después te sueltan, y en el medio te cobran por sostener la continuidad.
Lo ves en la app como si fuera estático, pero el saldo negativo se mueve solo. Un sábado sin compras puede terminar con más deuda el lunes, porque el interés se cuenta por día, no por actividad.
También hay una infiltración: el pago queda registrado como “hecho”, pero el hecho lo financió tu futuro inmediato. No es como comprar en cuotas, donde el crédito se anuncia. Aquí el crédito entra por detrás. Tu cuenta corriente se comporta, por un rato, como una tarjeta sin plástico.
Cuando el sobregiro se vuelve frecuente, cambia algo más delicado que el costo: cambia tu idea de control. Empiezas a vivir mirando el cero como frontera. No para ahorrar, sino para evitar que la cuenta cruce y se transforme. Esa vigilancia también es parte del diseño: continuidad a cambio de atención.
En teoría, todo se defiende con una frase limpia: “era tu responsabilidad mantener saldo”. En la práctica, la vida financiera moderna está llena de relojes ajenos: cargos nocturnos, liquidaciones diferidas, pagos que se postean cuando tú ya cerraste el día. El sobregiro prospera en esa descoordinación. No es un accidente raro; es un modo de absorber el desorden.
La duda final no es si el sobregiro “conviene”. Es más incómoda: si el sistema puede convertir un descuido común en deuda automática para proteger la continuidad del pago, ¿quién termina administrando tu liquidez: tú… o la infraestructura que decide cuándo tu saldo deja de ser foto y pasa a ser préstamo?