Hay un número que puede mejorar aunque el negocio no haya mejorado: el beneficio por acción. No el beneficio total. El dividido. Si la empresa gana lo mismo, pero hay menos acciones dando vuelta, ese número sube. Y en 2026 ese detalle está volviendo a importar, porque muchas subidas “tranquilas” del mercado se sostienen ahí: en la aritmética de reducir el denominador.
La escena es más común de lo que parece. Sale el reporte trimestral y alguien dice: “no estuvo tan mal”. Las ventas no despegaron, el margen se defendió con recortes, y aun así el beneficio por acción termina más alto que hace un año. No hubo milagro. Hubo una compra silenciosa: la empresa se compró a sí misma. Recompró acciones en el mercado y las dejó fuera de circulación. El precio, de pronto, ya no depende solo de cuánta gente quiera entrar. Depende también de una decisión interna de la propia compañía.
Las recompras son una forma de repartir caja sin llamarla dividendo. Tienen otra estética: no llegan como pago, llegan como ausencia. Menos acciones disponibles, más participación para cada acción que queda. A veces incluso se siente “prudente”: en vez de prometer grandes proyectos, la empresa dice que prefiere devolver capital y mantener el control sobre el ritmo. Pero el efecto práctico es claro: una parte de la demanda viene desde el mismo balance que estás evaluando.
Ahí aparece la primera incomodidad. Cuando miras un gráfico, sueles imaginar compradores y vendedores, expectativas, noticias, miedo o euforia. Con recompras, una fracción de ese movimiento no es emoción: es presupuesto. Es una línea aprobada por directorio. Y ese presupuesto puede hacer que el mercado se vea más firme de lo que está. No porque haya más convicción afuera, sino porque hay un comprador disciplinado adentro.
La segunda incomodidad es el combustible. Recomprar con caja es una cosa. Recomprar con deuda es otra. En un mundo de tasas más altas, endeudarse para sostener el precio empieza a parecerse a pagar renta por tu propia reputación. Se puede hacer, por un tiempo. Incluso se puede justificar con frases limpias: “optimización de capital”, “retorno al accionista”, “estructura eficiente”. Pero el costo no desaparece: se traslada. Y suele aparecer cuando el ciclo se pone pesado.
Porque el mismo mecanismo que empuja hacia arriba en meses cómodos reduce el colchón en meses duros. Menos caja, más deuda, menos acciones: el balance queda más fino. Es como si la empresa hubiera decidido que su estabilidad futura vale menos que su precio hoy. No lo dice así, claro. Lo dice con un programa de recompra.
Y no es solo un caso aislado. Cuando muchas empresas recompran al mismo tiempo, esa compra se vuelve un flujo: demanda repetida, casi automática, que ayuda a sostener índices completos. Por eso, a veces, el mercado parece “resistente” incluso cuando la confianza está tibia.
El punto no es moralizar las recompras. Existen por una razón: muchas empresas ya no crecen como antes y aun así tienen que hacer algo con su excedente. El punto es notar qué parte del mercado estás mirando. A veces celebras una mejora que no está en el negocio, sino en la forma de contarlo.
Y la duda queda ahí, sin ceremonia: si una porción importante de la demanda viene de las empresas comprándose a sí mismas, ¿qué pasa el día en que deciden que ya no pueden, o que ya no les conviene?