Consignación: vendes, pero el dinero llega tarde

“Te lo recibimos en consignación”. La frase suena a facilidad. No pide capital. No pide arriendo. No pide un local. Solo pide mercadería.

El detalle está en el tiempo. En una venta normal, entregas y cobras. En consignación, entregas y esperas. Y esa espera no es un tema “administrativo”: cambia el tipo de negocio que estás haciendo.

Cuando dejas productos en una tienda ajena, tu inventario se convierte en una cuenta por cobrar que todavía no existe. No es dinero, pero ya no es tu mercadería. Queda en un punto intermedio: está para venderse, pero no está en tu bodega ni en tu caja.

Ahí aparecen dos riesgos que se confunden. El primero es obvio: que no se venda. El segundo es más silencioso: que se venda, pero que el pago llegue tarde, incompleto o mezclado con ajustes que nunca viste venir.

Porque la consignación suele venir con su propia lista de términos. “Liquidación”, “corte”, “nota de crédito”, “devolución”, “merma”, “descuento por promoción”. Cada palabra puede ser razonable por separado. Juntas, pueden convertir una buena venta en un margen que se achica sin que nadie “te estafe”. Solo se ejecuta una regla del local.

También cambia la discusión sobre el precio. Si el producto no rota, la tienda empuja promociones. Y cuando el descuento lo decide otro, tu marca paga el costo sin decidirlo. No solo en plata: en percepción. En hábitos. En el tipo de cliente que te queda.

Hay un punto que casi nunca se conversa al inicio: el control. ¿Quién lleva el conteo real de lo que queda, lo que salió, lo que se dañó, lo que se perdió, lo que fue “probado” y no volvió? En consignación, el inventario vive fuera de tu vista. El error más caro no es el fraude; es el desorden. Y el desorden rara vez deja recibo.

La tienda, además, no te compra. No te elige como proveedor en el sentido clásico. Te presta un espacio y te presta su tráfico. Eso cambia los incentivos. Si el producto compite con otro que deja más margen o se vende más rápido, la prioridad se mueve sola.

En negocios pequeños, ese movimiento se siente en la caja de forma brutal. Pagas reposición, pagas producción, pagas flete, pagas tiempo… pero tus cobros no siguen el mismo calendario. Terminas financiando la vitrina de otro con tu propio ritmo.

A veces se olvida lo más simple: tu mercadería queda dentro de un negocio que no controlas. En el papel puede seguir siendo “tuya” hasta que se venda. En la práctica, si el local cierra, cambia de administración o entra en conflicto, recuperar cajas puede tomar días o semanas. Ese tiempo no aparece en el margen, pero te agota.

También te obliga a vivir con dos lecturas del mes. Por unidades “entregadas” parece que avanzas; por caja, parece que retrocedes. No es trampa: es el formato.

Y como formato, tiende a repetirse. Si se vende, te piden más. Si no se vende, te piden descuento. En ambos casos, la espera se queda contigo.

Entonces la pregunta ya no es si la consignación “sirve” o no. La pregunta es qué estás vendiendo realmente: un producto, o un crédito sin interés que le das a la tienda mientras esperas tu parte.

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