Seguimos hablando del crédito como si saliera de un mostrador bancario. Suben las tasas y el resto del mundo debería acomodarse. Pero una parte del financiamiento ya no pasa por ese mostrador. Pasa por fondos, aseguradoras, gestores que prestan directo y guardan los préstamos en su propia cartera.
El Banco de Inglaterra lleva tiempo diciendo que el riesgo dejó de vivir solo en los bancos y que el mundo “no bancario” también debería entrar en pruebas de estrés. No lo dice por moda. Lo dice porque el canal por donde viaja el crédito está cambiando y, con él, cambia la forma en que la política monetaria llega (o no llega) a la economía real.
A ese canal se le suele llamar crédito privado. No es una definición escolar. Es un arreglo práctico: menos intermediación bancaria tradicional, más contratos a medida, menos mercado secundario, más “lo sostengo y lo cobro”. Cuando funciona, luce ordenado: el prestatario consigue dinero donde el banco ya no quiere mirar, y el prestamista cobra una prima por aceptar condiciones más duras.
El punto incómodo es otro. En un banco, buena parte del crédito se repricia con relativa rapidez y está sometido a disciplina de liquidez y de capital. En el crédito privado, el contrato puede quedar fijado por años y el costo efectivo depende tanto de cláusulas como de tasas. Si la economía se enfría, el ajuste puede no aparecer donde uno lo espera. Puede aparecer tarde, cuando toca refinanciar, no cuando cambia el comunicado del banco central.
Hay un segundo efecto que se siente menos, hasta que se siente demasiado: la opacidad. Muchos de estos préstamos no cotizan todos los días y no tienen una pantalla que te recuerde el precio. Eso suaviza la percepción del riesgo, pero no lo elimina. A veces lo postergas. A veces lo concentras.
En el crédito que cotiza, el precio se mueve y la incomodidad es inmediata. En el crédito que no cotiza, la incomodidad se acumula en renegociaciones, extensiones, cambios de condiciones que se vuelven rutina. Cuando finalmente aparece el golpe de realidad, suele coincidir con un momento en que la liquidez ya está cara para todos.
Por eso los reguladores miran este crecimiento con una mezcla de admiración y alarma. El Fondo Monetario Internacional viene señalando cómo el peso de intermediarios no bancarios altera la transmisión y complica la lectura del apalancamiento. El Consejo de Estabilidad Financiera insiste en que la interconexión entre bancos y no bancos hace más difícil aislar un problema cuando el entorno se pone áspero. Y este mundo “no bancario” tampoco vive desconectado: a veces depende de bancos para custodia o financiación.
Todo esto convive con el relato de “recortes” que, en teoría, deberían aliviar. Y ahí aparece la tensión real: si el crédito se mueve hacia contratos menos sensibles al ciclo de tasas, el alivio tarda, o llega por canales distintos, o llega solo a algunos. El resto no recibe una señal; recibe una negociación.
La duda no es si esto es “bueno” o “malo”. La duda es qué pasa el día en que la desaceleración ya no permita sostener la calma: cuando la morosidad suba, cuando el refinanciamiento sea caro, cuando los inversores quieran liquidez al mismo tiempo. En ese día, lo que importará no será solo cuánto vale la tasa. Importará quién estaba prestando, bajo qué reglas, y cuánta realidad había detrás de esa estabilidad.