Hubo un momento —imposible de fechar— en que ciertos ajustes dejaron de pedir una segunda mirada. No porque fueran pequeños, sino porque ya no activaban esa alarma íntima que obliga a detenerse, recalcular, volver a abrir el archivo mental de cómo estaban las cosas. De pronto, un cambio en un precio, en una cuota, en un contrato, podía ocurrir sin que nadie sintiera que estaba ocurriendo algo serio. Ahí, en esa pérdida de sorpresa, se movió el punto cero.
Ese desplazamiento es difícil de detectar porque no interrumpe. No genera un antes y un después visible. Simplemente redefine lo que cuenta como normal. Una cifra cambia, un acuerdo se reacomoda, una expectativa se achica. Nada de eso exige conversación.
Durante años la inflación funcionó como referencia externa. No solo como dato, sino como evento: algo que justificaba sentarse a revisar. Hoy, aun cuando la cifra exista, perdió ese rol operativo. El sistema no espera confirmación para ajustar: ajusta. La pregunta no es cuánto sube o baja el índice, sino cuándo dejó de marcar el instante en que había que volver a mirar.
Cuando el punto cero se corre, la conducta se adelanta a la interpretación. Las decisiones no se suspenden ni se discuten: se recalibran. El criterio no es esto cambió, sino esto todavía sorprende. Y si no sorprende, no convoca. La economía cotidiana aprende a moverse sin validación explícita, no por astucia, sino por repetición.
Este mecanismo tiene una consecuencia poco visible. Al bajar el umbral de revisión, se acorta el horizonte de corrección. Los ajustes se vuelven más frecuentes y más pequeños, pero también más difíciles de revertir, porque ya no se acumulan en un punto reconocible. No hay quiebre que ordene el relato; hay una deriva administrada que se vuelve costumbre.
Eso explica por qué el alivio parcial no devuelve claridad. Incluso con mejoras en algunos rubros, el sistema no descomprime. No porque falten datos, sino porque el disparador ya no es el dato. Lo que manda es la comparación con un estándar que se movió sin pedir permiso. La normalidad nueva no promete estabilidad: promete continuidad.
En este marco el riesgo no es la inflación como fenómeno aislado. Es la pérdida de fricción temporal: el momento en que algo debería obligar a parar y revisar llega cada vez más tarde, cuando ya se incorporó como hábito. Hay un retraso acumulado entre lo que cambia y el instante en que se lo reconoce como cambio.
La pregunta incómoda, entonces, no es si los precios subirán o bajarán el próximo trimestre. Es otra, menos espectacular: cuánto se desplazó el punto a partir del cual una sociedad decide que algo merece volver a pensarse.
Ese desfase cotidiano se acumula silenciosamente, muy lentamente. Ese desfase se percibe como una temperatura nueva en la rutina: el agua que antes estaba tibia ya no sorprende al tocarla, pero enfría igual con el tiempo. La economía sigue funcionando; lo que cambia es el frío que se instala sin aviso cuando dejamos de revisar.