El 29 del mes haces un traspaso rápido. No es un gasto ni un retiro: solo mueves parte del dinero desde tu cuenta de ahorro a tu cuenta corriente para que no se te pase un pago. Al día siguiente lo devuelves. La reserva estuvo fuera unas horas y volvió; en tu cabeza, nada cambió.
Pero el mes siguiente el interés aparece más bajo. Es una diferencia incómoda, como si el criterio se hubiera movido. Ahí empiezas a perseguir el detalle: el “promedio”, la palabra giro, las condiciones escritas en letra limpia.
Estas cuentas rara vez operan con una sola tasa. Hay una base, casi simbólica, y una “bonificada” que depende de comportamientos: sostener promedio, mantener saldo, no hacer giros. Se presenta como premio por ahorrar, pero la ingeniería real es otra: premio por estabilidad. El banco no está midiendo tu disciplina; está comprando previsibilidad.
El problema es que el lenguaje no coincide con el movimiento real. Un giro puede ser retirar, sí, pero también transferir a una cuenta del mismo banco. Y el promedio no se decide “al final del mes”: suele calcularse día a día, y un día malo arrastra a los demás. Aunque el dinero regrese, la interrupción ya quedó registrada.
La parte menos evidente es que la cuenta trabaja con dos saldos. El que tú ves, disponible. Y el que “califica” para la tasa: un promedio que se construye mientras el mes corre. Por eso un movimiento breve puede ser pequeño en tu balance real y grande en el balance que la tasa está mirando. No se siente como castigo; se siente como otra regla.
La consecuencia es concreta y llega tarde. En el detalle del abono no aparece una comisión por usar tu propio dinero; aparece una tasa menor por “no cumplir beneficio”. Es el mismo costo, pero con otra gramática. Y esa gramática importa porque cambia quién parece responsable: tú, no la regla.
Si la distancia entre tasa base y bonificada es grande, el costo se vuelve visible sin ser dramático: parte de la urgencia que resolviste el día 29 termina financiada por el interés que ya no recibirás el día 31. No te quitan capital, te recortan rendimiento. El golpe no es financiero por una sola vez; es conductual cuando se repite.
Ahí la cuenta se pelea con el fondo de emergencia. Una emergencia no respeta el promedio diario. Cuando aparece, usas la reserva como corresponde. El producto, sin decirlo, te recuerda que su premio estaba condicionado a que la reserva no se usara. No es una trampa: es un diseño con dos agendas.
Para el banco, un saldo quieto sirve porque vuelve tu dinero más predecible, casi como si le pusieras un candado voluntario. Para ti, una reserva existe para moverse cuando el mes se corta. La fricción nace en ese choque: una cuenta de “ahorro” que te enseña a no tocarla.
La duda final no es si conviene o no conviene. Es más específica: si tu rendimiento depende de mantener intacto el saldo que “califica” aunque tu vida exija mover el saldo real, ¿tu ahorro sigue siendo una reserva o se volvió un contrato de estabilidad que prioriza la comodidad del banco sobre tu propia liquidez?