Hay momentos en que la economía no se rompe, pero tampoco avanza. No colapsa. No despega. Simplemente sigue ahí, funcionando lo justo para que nada explote… y nada entusiasme.
Eso es lo que estamos viviendo ahora.
Los datos aparecen cada semana con señales mezcladas. Un indicador mejora, otro se enfría. El empleo resiste, pero pierde calidad. El consumo continúa, aunque con menos convicción. Nada es lo suficientemente malo como para hablar de crisis. Nada es lo suficientemente bueno como para hablar de recuperación. Y esa ambigüedad no es transitoria: se está volviendo estructural.
No estamos ante un ciclo tradicional. Tampoco ante una anomalía puntual. Lo que se percibe es una economía en pausa operativa, sostenida más por cautela que por confianza. Se toman decisiones, sí, pero casi todas son defensivas. Se invierte, pero con miedo a equivocarse. Se contrata, pero sin planes de expansión reales.
Desde fuera, esto puede parecer estabilidad. Y ahí está el problema.
La estabilidad actual no nace de expectativas claras sobre el futuro, sino de la ausencia de alternativas mejores en el presente. Se continúa porque detenerse sería peor. Se sigue porque nadie quiere ser el primero en mover una ficha grande. La economía avanza por inercia, no por impulso.
Eso cambia la forma en que deben leerse las señales económicas. Un dato positivo ya no confirma nada. Uno negativo tampoco activa alarmas inmediatas. Ambos se diluyen en un entorno donde lo relevante no es la dirección, sino la falta de ella. Hay movimiento, pero no narrativa. Actividad, pero sin horizonte.
Las empresas lo sienten. Operan con márgenes ajustados, priorizan eficiencia, corrigen gastos. No están en crisis, pero tampoco diseñan el futuro con entusiasmo. El foco no está en crecer rápido, sino en no cometer errores irreversibles. Ganar tiempo se volvió un objetivo en sí mismo.
El consumidor refleja lo mismo. No entra en pánico, pero tampoco confía. Ajusta hábitos, posterga decisiones grandes, mantiene cierta prudencia constante. No porque espere algo peor mañana, sino porque no ve con claridad algo mejor pasado mañana.
Este estado suspendido incomoda porque no ofrece titulares claros. No hay evento que explique todo. No hay quiebre que ordene la historia. Y, sin embargo, es precisamente esa falta de definición lo que mejor describe el momento actual.
Tal vez el error sea seguir preguntándonos si la economía está bien o mal. Esa pregunta ya no captura lo que ocurre. La pregunta correcta, aunque menos tranquilizadora, es otra: ¿cuánto tiempo puede mantenerse un sistema funcionando sin convicción real?
No es una predicción. Es una observación. Y entenderla puede ser más útil que cualquier cifra aislada.