En un reporte trimestral hay un dato que suele quedar al margen: la utilidad por acción. No la utilidad total, la utilidad dividida por el número de acciones. A veces el mismo reporte muestra dos versiones, y la diferencia entre ellas no es un tecnicismo: es propiedad. Si no lo miras, puedes creer que el negocio mejora cuando en realidad lo que cambia es tu participación.
Una versión usa solo las acciones que existen hoy. La otra calcula la utilidad por acción contando también acciones que podrían existir si se ejercen opciones, si se entregan acciones a empleados según planes vigentes, o si ciertos bonos convertibles terminan convirtiéndose. No todas esas acciones aparecerán, pero el reporte las trata como una posibilidad real porque están escritas en contratos.
Si esa segunda cifra es menor, no significa que la empresa haya ganado menos. Significa que, si esas acciones se materializan, la misma utilidad tendría que repartirse entre más participaciones. Si tú no compras más acciones, tu porcentaje se reduce. Y cuando tú compras una acción, compras una participación; no compras el negocio en abstracto.
La aritmética es incómoda por simple. Si la empresa gana 100 y hay 100 acciones, la utilidad por acción es 1. Si la empresa gana lo mismo, pero el total pasa a 110, la utilidad por acción cae a 0,91. Nada “malo” ocurrió en el negocio; cambió el reparto. Eso puede pasar aunque el precio no se mueva, y también puede pasar mientras el precio sube por otros motivos.
Por eso mirar solo la utilidad total puede engañar. El negocio puede estar creciendo y, al mismo tiempo, tu parte puede estar bajando. La dilución no siempre llega como una noticia; llega como consecuencia de decisiones repetidas: financiar expansión emitiendo acciones, pagar adquisiciones con acciones, retener talento con paquetes accionarios que se ejecutan con el tiempo.
En algunos casos, esa estructura es razonable. Emitir acciones puede ser preferible a endeudarse cuando las tasas son altas o cuando la empresa aún no genera caja estable. Pagar con acciones puede ser la única forma de cerrar una compra sin vaciar la caja. Pero incluso cuando la decisión tiene sentido, el costo existe: es un costo en participación.
Hay un detalle que suele aparecer tarde en la conversación pública: muchas métricas que el mercado compara están construidas sobre utilidad por acción. Cuando la empresa comunica “crecimiento” y el mercado escucha “por acción”, cualquier aumento del número de acciones obliga a que el crecimiento sea mayor solo para mantener la misma cifra por participación.
También existe el movimiento inverso: recompras. Cuando una empresa compra sus propias acciones y las reduce, la utilidad por acción puede mejorar incluso con un negocio estable. No garantiza valor; es el mismo mecanismo, pero en la dirección contraria. Por eso hay empresas que resultan más favorables para el accionista existente y otras que crecen sin que el accionista sienta el mismo avance.
La duda final no es si emitir acciones es bueno o malo. Es otra: cuando una empresa habla de crecimiento, ¿está creciendo para quienes ya están dentro, o está distribuyendo ese crecimiento entre más acciones futuras? La respuesta no está en el precio del día. Está en cómo cambia, trimestre a trimestre, la cantidad de acciones que el propio reporte considera como posibles.