Abres la app y ves dos números que deberían ser el mismo, pero no lo son. El índice marca +18% en lo que va de 2026. Tu cuenta marca +6%. Y la cabeza hace lo que hace siempre: busca al culpable. El broker, el mercado, la “mala suerte”, el momento en que entraste.
La fricción es que esos porcentajes no están midiendo lo mismo. El índice mide un camino de precios. Tu cuenta mide tu propio calendario, con tus entradas, tus pausas, tus conversiones y tus tiempos muertos. Parece un detalle. En una cartera real, es el centro.
Si pusiste dinero en enero y luego hiciste otro aporte cuando el gráfico ya estaba arriba, la cuenta mezcla dos historias. La primera parte vivió el tramo completo. La segunda llegó tarde. En la pantalla se ve como un solo porcentaje, pero debajo hay dos relojes distintos empujando en direcciones diferentes.
A veces se vuelve brutal por pura aritmética de calendario: tu primer monto sube y recién después te animas a poner lo grande. Si tu 1.000 subió 20% y tus 9.000 entraron justo antes de una corrección del 5%, el relato se tuerce. No porque el activo “mintiera”, sino porque el promedio está contando momentos, no celebrando intuiciones.
Hay un tramo que casi nadie registra: el dinero que está “en la cuenta” pero todavía no está invertido. Puede ser efectivo esperando una compra, un depósito en proceso, una conversión de moneda hecha a un precio peor del que tú creías estar viendo. Ese tiempo no aparece como pérdida dramática. Aparece como diferencia silenciosa entre lo que el mercado hizo y lo que tu dinero alcanzó a hacer.
Y hay otra capa que la pantalla suele mezclar sin avisar: el rendimiento del activo y el rendimiento del inversor. El primero existe aunque tú no estés mirando. El segundo depende de cuándo decidiste entrar. Por eso a veces aportas y, aun con el precio subiendo, sientes que “no se nota”. Tu base cambió.
También está el problema contrario: compararte con un porcentaje ajeno como si fuera un espejo. Dos personas pueden tener el mismo ETF y resultados distintos sin que nadie esté “equivocado”. Una entró en octubre de 2025, otra en enero de 2026. Una aportó en cuotas, otra entró de golpe. La cifra del activo es pública. La cifra del inversor siempre es privada, porque lleva encima una secuencia.
Por eso la rentabilidad de la cuenta tiene una rareza: parece objetiva, pero es biográfica. No te cuenta solo qué pasó afuera; te cuenta cómo te moviste tú adentro del año. Si tus aportes entran cuando estás más ansioso, o si tus retiros salen cuando estás más apurado, ese porcentaje termina midiendo algo más incómodo que el mercado: tu relación con el tiempo.
En 2026, con plataformas que muestran rendimientos en verde y rojo como si fueran notas de colegio, esa confusión se vuelve fácil. Te acostumbras a creer que la “rentabilidad” es una propiedad del activo. Y después te sorprendes cuando descubres que, en la práctica, es una propiedad del recorrido.
La pregunta no es cómo maquillarlo ni cómo calcularlo “bien” con fórmulas. La pregunta que queda es más fría: cuando miras tu porcentaje, ¿estás evaluando una inversión… o estás evaluando tu necesidad de sentir que llegaste a tiempo?