Abres la posición y miras el gráfico como una prueba de paciencia. El precio casi no se mueve. Ni euforia, ni caída. Pero abajo, en el historial, aparece una línea que no estaba en tu cabeza cuando apretaste “abrir”: Funding fee -0,38 USDT.
La primera reacción suele ser simple: “¿me están cobrando comisión por existir?”. No es una pregunta técnica; es una pregunta de confianza. Porque el cobro llega sin discusión, sin contrato nuevo, sin un botón que diga “acepto pagar esto cada cierto tiempo”. Solo aparece, como si fuera parte del aire.
En los futuros perpetuos —esa criatura que se parece a un futuro pero no tiene vencimiento— el mercado necesita inventarse una forma de que el precio no se aleje demasiado del spot. No lo hace con una autoridad central ni con un “precio correcto”. Lo hace con una fricción periódica. Una especie de arriendo: pagas (o te pagan) por mantener el lado más congestionado de la apuesta.
Por eso el funding no se siente como una comisión clásica. Una comisión suele tener cara: trade, retiro, conversión, “tarifa”. El funding es más raro porque se cuela en el tiempo. Puede tocarte incluso cuando no hiciste nada. Y esa es la parte que incomoda: te recuerda que el apalancamiento no solo compra exposición, también compra permanencia. Estás pagando por quedarte adentro.
La interfaz lo vuelve todavía más extraño: te lo muestra como un descuento puntual, pero el mecanismo es repetitivo. En muchos exchanges ocurre por ventanas —cada ciertas horas— y el registro se acumula. Si ese día el funding está a tu favor, la línea puede aparecer en verde, como “ingreso”. Y ahí también hay trampa: lo bueno no es magia, es el mismo impuesto del otro lado.
A veces la cifra es pequeña y pasa como un mosquito. Otras veces, cuando el mercado está cargado hacia un lado, se vuelve un goteo que erosiona. No importa si “vas ganando” en el precio en ese instante: el funding opera en otro plano. Te mide el pulso colectivo. Si demasiada gente está larga, los largos tienden a pagar. Si demasiada gente está corta, los cortos pagan. El exchange lo presenta como un detalle contable, pero en realidad es una forma de gobernar el entusiasmo sin prohibirlo.
Lo más interesante no es la matemática. Es el efecto psicológico: creías que tu batalla era contra el precio, y de pronto te das cuenta de que también es contra el reloj. Hay trades que mueren no porque el gráfico te humille, sino porque el tiempo te cobra entrada varias veces. Y es ahí donde muchos descubren, tarde, que “estar en posición” se parece más a una suscripción que a una compra.
Si miras bien, el funding también deja una pista sobre el tipo de mercado en el que estás operando: un mercado que necesita cobros periódicos para no romperse por su propia popularidad. Eso debería darte una sensación doble. Por un lado, sofisticación: el mecanismo existe porque hay liquidez, porque hay miles empujando. Por el otro, fragilidad: tanta gente en la misma idea que el sistema debe introducir un costo para descomprimir.
La línea “funding” parece menor hasta que se repite. Y cuando se repite, te obliga a una pregunta que no suena a trading, suena a caja: ¿cuánto de tu resultado depende de acertar el movimiento… y cuánto depende, simplemente, de poder pagar el tiempo que tardas en acertarlo?