En el historial aparece como una línea fría: “Ejecutado — STOP — 96,40”. Tú recuerdas otra cifra. Recuerdas 100. Era el nivel. Era el punto en que, si esto se ponía feo, salías. No querías adivinar el piso; querías limitar el daño. Lo raro es que el gráfico, cuando lo miras después, no parece haber vivido en 96,40. Hubo una mecha rápida, un toque, un segundo de desorden. Pero nada que, en tu cabeza, justificara ese precio de venta.
La parte incómoda no es la pérdida. Es la sensación de haber vendido en un lugar que no existía mientras lo estabas mirando. Como si el mercado hubiera tenido un precio para tu orden distinto al precio que te mostraba la pantalla.
Una orden stop no es un precio. Es una condición que, cuando se cumple, cambia de naturaleza. Deja de ser “salir en mi nivel” y se convierte en “salir ahora”. Y “ahora” no significa “al precio que viste”, sino “al mejor precio disponible cuando la orden llega al libro”. Si en ese instante hay pocos compradores, si el spread se abre, si el movimiento es rápido, la ejecución ocurre donde haya liquidez, no donde estaba tu intención.
Por eso la distancia suele aparecer en momentos específicos, casi siempre invisibles antes de que ocurran. La apertura, cuando el libro se rearma y los precios saltan por escalones. Un activo con poco volumen, donde hay huecos entre posturas. Un ETF que se mueve por sincronía imperfecta con su subyacente. Un dato macro que reacomoda el libro en segundos. No es un “fallo” del broker; es el diseño del mecanismo. En mercados muy líquidos casi no se nota; en los otros, se nota de golpe.
La interfaz, sin embargo, lo presenta como protección. Y ahí se cuela el malentendido más caro: creer que el stop te compra un precio. Lo que compra, en realidad, es una certeza de ejecución. Te garantiza que estarás dentro del flujo cuando cruce el nivel, aunque ese flujo esté roto. En un día normal, esa diferencia es pequeña y pasa como ruido. En un día tenso, esa diferencia se vuelve el evento.
La consecuencia concreta aparece después, cuando el extracto te devuelve la frase completa: no solo vendiste; vendiste lejos. A veces la pérdida “pequeña” que imaginabas se convierte en una pérdida realizada mayor. A veces el precio rebota y te quedas mirando desde afuera, no porque hayas leído mal el mercado, sino porque tu herramienta decidió que la prioridad era salir, no salir bien. Y como queda registrado, ya no es un susto: es una operación, con costo, con memoria, con impuestos si corresponde.
Hay otro detalle más incómodo: los stops no son solo decisiones privadas. En conjunto dejan un patrón. Si muchas órdenes se apilan cerca, el mercado sabe que ahí habrá ventas forzadas. No hace falta conspiración; basta con incentivos. En el tramo donde la liquidez es más cara, quien provee liquidez exige pago: spreads más anchos, ejecuciones peores, prioridad distinta.
En ese punto, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve de diseño: ¿cuánta paz compra una orden stop, y cuánta paz compra para el sistema que necesita que alguien venda sin discutir cuando el libro se adelgaza?