Empieza con un gesto administrativo, no con una idea. Un adjunto que nadie comenta. Una renovación que se tramita “por continuidad”. Un presupuesto que se estira con la misma lógica con que se aplaza una conversación incómoda. No hay confianza declarada. Hay una firma que evita tener que explicar.
La economía contemporánea aprendió a operar con esa clase de silencio. Durante décadas se repetía que el combustible era la expectativa: creer en el futuro, proyectar, animarse. Hoy el motor admite otra mezcla. Puede funcionar con expectativas débiles siempre que el circuito de ejecución no se interrumpa. Lo que se protege no es el crecimiento, sino la evitación del rediseño.
Eso produce una paradoja fea de mirar: la actividad sigue incluso cuando el relato se agotó. Empresas que no están convencidas, pero tampoco abandonan. Inversores que sostienen posiciones sin tesis viva porque salir exigiría inventarse una tesis nueva. Consumidores que no celebran, pero sostienen hábitos mínimos para que nada se vuelva decisión. No es fe. Es administración del presente.
En ese estado, los datos cambian de oficio. Ya no ordenan dirección; sirven como coartadas para no mover el cuerpo. Un indicador mejora y la lectura dominante no es “vamos”, sino “no hay razón suficiente para alterar”. Uno empeora y la lectura no es “retrocedamos”, sino “todavía no alcanza para romper”. Las cifras dejan de empujar: amortiguan.
También se reordena el lenguaje interno. La palabra “confianza” se vuelve demasiado grande, casi teatral. Lo que domina es un vocabulario de riesgo reputacional: quedar expuesto, quedar fuera, quedar como el que “no vio”. Se compra tiempo con procedimientos; se compra tranquilidad con continuidad.
La parte más estructural es otra: en un sistema que vive por continuidad, la culpa futura se asigna al que interrumpe, no al que sostuvo. Mientras el movimiento siga, la responsabilidad queda suspendida. Cuando algo finalmente se quiebra, el quiebre se narra como error del que cortó, aunque la fragilidad viniera acumulándose hace años. La continuidad funciona como escudo narrativo.
Por eso se alargan estados incómodos. No porque falten problemas, sino porque corregirlos obliga a sostener un relato pesado: reconocer que lo que “funcionaba” no estaba funcionando del todo, admitir que nadie tenía una alternativa clara, aceptar que el costo de seguir era real aunque no apareciera en balances. La economía puede pagar muchos costos. El que evita es el costo de nombrar.
Hay un detalle pequeño que se siente en las reuniones: basta con que una persona pida “revisemos desde cero” para que el aire se cargue. No por la revisión, sino por lo que implica: alguien está rompiendo el pacto de no exigir explicación completa. Ese gesto expone a todos, no solo al proponente.
El riesgo no es que todo colapse mañana. El riesgo es que el día en que algo deje de seguir, nadie pueda decir “elegimos”. Solo “continuamos”. Y entonces el sistema buscará un culpable operativo, alguien que haya dejado una marca visible. Como cuando entra humedad en una pared: la estructura llevaba tiempo absorbiendo, pero el primer manchón siempre parece una sorpresa.