El reembolso tarda porque puede tardar.
No es una amenaza. Tampoco es un error. Es una forma de orden: cuando el sistema tiene que elegir qué empuja primero, empuja lo que lo alimenta. Cobrar no discute. Devolver sí.
La frase que lo normaliza es breve y suena limpia: 7–10 días hábiles.
Como si el tiempo fuese una costumbre administrativa y no un costo que alguien está pagando con su semana.
El dinero sale completo. Sale real.
No sale “medio”, no sale “en tránsito”, no sale “según disponibilidad”. Sale y listo.
Lo que vuelve, en cambio, vuelve con otra textura: promesa.
La compra se “anula” en el relato antes de anularse en la caja. Y en ese intervalo pasa algo que no se dice con claridad: ese monto deja de ser gasto… pero también deja de ser tuyo. Queda como un hueco ocupado. Una ausencia que manda sin levantar la voz.
No hace falta que el saldo baje para que duela. Con tarjeta, a veces lo que se achica es el cupo.
Ese dinero “borrado” sigue ocupando espacio como si todavía existiera. Te vuelve más pequeño por unos días, justo cuando la semana no se adapta a nadie: cargos automáticos, arriendo, cuotas, ese tipo de cosas que no negocian con plazos “hábiles”.
El comercio, mientras tanto, no necesita mala intención para que esto funcione. Le basta con prioridades. Cobrar no compite con nada; devolver compite con todo. Y como la demora rara vez se registra como daño —se registra como procedimiento—, suele perder sin que nadie lo note.
Hay un tramo que es el más útil, porque no tiene cara: cuando la plata queda entremedio.
Tú ya no tienes la compra. El comercio ya no “tiene” la venta. Pero el dinero todavía existe como saldo transitorio en un lugar que no es el tuyo. Y mientras está ahí, sirve. No por romanticismo financiero: por simple caja.
En esos días aparece el préstamo sin firma. No lo piden, no lo firmas, pero existe.
Y el costo suele caer lejos: un interés, una comisión por atraso, un débito automático que rebota. No es épico. Es lo bastante pequeño para que el sistema lo trate como tu problema.
Lo más fino del mecanismo no es la espera. Es lo que la espera te obliga a hacer mientras tanto.
Mover piezas, aguantar, estirar. Postergar una compra real para cubrir una compra que ya no existe. Pagar un recargo por atraso en otra parte mientras “lo tuyo” sigue en un limbo perfectamente defendible. Nadie lo llama préstamo, porque un préstamo suena a contrato. Esto suena a trámite.
La relación es asimétrica. El comercio puede demorarse. Tú no.
Ahí “hábiles” deja de ser plazo y se vuelve disciplina.
Y a veces vuelve.
No hay desastre. No hay alarma. No hay registro. Solo una normalidad recuperada, como si el sistema te hubiera hecho un favor.
El reembolso lento se repite porque suele salir gratis en reputación.
Si no deja cicatriz, no queda relato.
7–10 días hábiles, otra vez.
Y queda la duda: no si vuelve, sino a quién sostuvo ese tiempo.