El margen que no era tuyo: cuando el IVA financia tu negocio

El día se siente bueno: vendiste, facturaste, entró plata. Y en la cuenta aparece un número más grande que ayer. El problema es que una parte de ese número no es tuya. No en sentido moral, en sentido operativo. Es dinero que solo pasó por tu caja.

El IVA (o su equivalente) suele funcionar con un detalle que no se conversa lo suficiente: se cobra en el momento más fácil y se paga en el momento más duro. Cobras cuando el cliente está frente a ti. Pagas cuando el mes ya te dejó su desgaste: sueldos, arriendo, proveedores, devoluciones, publicidad que no rindió. En el medio, ese impuesto se comporta como liquidez temporal. Y por eso se usa.

La confusión no la crea la tasa. La crea la mezcla. Ese porcentaje viaja pegado a la venta real y a la ganancia que sí existe, sin una frontera visible. A veces alcanza para reponer stock, pagar un flete, cubrir una cuenta atrasada. Pero ese alivio tiene fecha. Cuando llega la declaración, el negocio descubre que se sostuvo con un dinero ajeno, y que el único plan para devolverlo era “que el próximo mes venga mejor”.

El mes “bueno” también te deja más expuesto. La facturación crece y, con ella, crece la obligación futura. Y el calendario fiscal no se adapta a tu ritmo: te pide pagar en una fecha fija aunque tus clientes paguen tarde, aunque aparezcan devoluciones, aunque el cobro se mueva con retrasos bancarios.

Ahí aparece la consecuencia concreta: la deuda fiscal no negocia con tu ánimo. Si no alcanzas a cubrirla, el costo no es una frase. Son intereses, multas o un plan de pagos que te aprieta el flujo por meses. Y lo que era un impuesto empieza a parecerse a un crédito caro, con una diferencia incómoda: tú mismo lo pediste sin darte cuenta. No firmaste nada. Solo confundiste caja con resultado.

Este mecanismo pega más fuerte en dos momentos. Cuando el negocio crece rápido, porque el IVA crece con él y la tentación de usar esa caja también. Y cuando el negocio se vuelve frágil, porque una devolución grande o un cliente que paga tarde te deja con la obligación intacta y la liquidez rota. El sistema no mira tu historia; mira el calendario.

Lo silencioso es cómo se distorsiona la lectura del negocio. Se mira la “venta total” y parece que hay espacio para todo. Pero una parte de esa venta total ya tiene dueño y ya tiene fecha. Cuando esa parte se consume, el negocio no queda “apretado”: queda fuera de regla. Y cada decisión futura se toma con una carga adicional.

Por eso, cuando alguien dice “estamos vendiendo más”, a veces está describiendo otra cosa: “estamos postergando el ajuste”. En negocios pequeños, el IVA puede ser el primer lugar donde se ve la verdad del modelo. Si la operación solo se sostiene usando ese impuesto como caja habitual, no es una operación sólida; es una operación que depende de un desfase.

La duda final no es si el IVA es justo o si el Estado cobra mucho. La duda es más fría: ¿cuánta parte de tu “crecimiento” depende de seguir usando un dinero que no te pertenece, y qué ocurre el mes en que la caja baja pero la obligación no se mueve?

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