En la app todo parece simple. Pegas una dirección, eliges “USDT”, y justo antes de confirmar aparece un menú que muchos leen como si fuera un precio: ERC20, TRC20, BEP20… una red “más barata”, otra “más cara”. Pulsas enviar. Un clic. Luego llega el silencio: envié USDT y no llegó.
Ese momento no es un bug. Es una traducción fallida. USDT no es una moneda única: es una etiqueta que vive en varios libros contables distintos. Cambia el nombre del carril, cambia el mundo. Lo que para el usuario es “la misma stablecoin”, para el sistema son activos que se parecen pero no se reconocen entre sí, porque están escritos en lugares diferentes.
La confusión no viene solo de la tecnología. Viene del diseño. Muchas interfaces presentan la red como una preferencia secundaria, casi estética, como elegir si quieres pagar más o menos comisión. La app te deja mandar con un clic porque enviar, en blockchain, es un gesto automático: una instrucción que se publica y queda registrada. Recuperar no es la operación inversa. Recuperar no existe como botón universal.
Cuando envías a “la red equivocada”, a menudo lo que ocurre no es que el dinero desaparezca, sino que aterriza en una dirección que el destinatario no está mirando en esa red. Es como dejar un paquete en una puerta que existe, pero no es la puerta que ese edificio usa para recibir. En algunos casos, la misma dirección puede existir en varias redes, y eso vuelve la trampa aún más cruel: parece que todo calza, hasta que no calza.
La consecuencia cotidiana se siente como castigo: la app te empuja a la velocidad, pero el error se paga como si fuera irreversible. Y lo “irreversible” no es solo una frase dramática. En cripto, la irreversibilidad es un costo operativo: si cualquiera pudiera pedir reversa, el sistema sería otra cosa. Pero además hay una capa menos idealista: quien recibe (un exchange, un servicio, una wallet) no siempre tiene incentivos para construir el puente de vuelta. Recuperar un envío mal enrutado suele exigir trabajo manual, exposición a fraude y costos internos; por eso se vuelve caro, lento o directamente se evita.
Ahí aparece una tensión rara: la industria presume de automatización, pero cuando hay error vuelve al mundo viejo. Tickets. Esperas. “No se puede”. O “sí se puede, pero con condiciones”. No porque la red no permita mover fondos, sino porque el destinatario, en la práctica, decide qué considera existente. En un banco, el dinero existe cuando tu saldo lo refleja. En cripto, el dinero existe donde la red lo escribió, pero tu vida financiera existe donde una plataforma lo reconoce.
Por eso este fallo se repite tanto en stablecoins. USDT se siente como efectivo digital, y el efectivo no trae un selector de red. El usuario no cree que esté eligiendo infraestructura: cree que está eligiendo costo. El sistema, en cambio, está eligiendo compatibilidad. Y cuando compatibilidad y costo se mezclan en el mismo menú, la experiencia castiga como si el usuario hubiera firmado algo que nunca vio.
Al final, el problema no es “equivocarse de red”. El problema es que la facilidad de envío se ofrece como promesa, pero la recuperación se trata como excepción. Y queda una duda que no es técnica, sino de diseño y de poder: ¿por qué la rapidez se vende como norma, mientras la posibilidad de corregir se deja como favor?