Te metes al estado de cuenta y ves una línea: “mantención tarjeta crédito”. A veces dice “membresía”, “comisión de administración” o “cuota de manejo”. Lo que molesta no es solo el monto. Es la lógica: si no compraste nada, ¿qué te están cobrando?
Ahí está el punto que el banco rara vez dice en voz alta: la tarjeta no se cobra solo por usarse. Se cobra por existir como producto activo. Aunque no la pases por ningún lado, la tarjeta sigue abriendo un cupo, sigue sosteniendo un contrato, sigue habilitando una red de pago, seguros, programas, beneficios y, sobre todo, un permiso: que puedas endeudarte cuando quieras. La mantención se parece más a pagar por mantener disponible la posibilidad de crédito que por haber comprado algo esta semana.
En Chile la palabra “mantención” suena a servicio; en otros países se esconde con nombres distintos. Pero el mecanismo suele ser el mismo: el cobro no se engancha a tus compras, se engancha a tu permanencia. A veces es mensual, a veces anual; a veces se prorratea; a veces se activa al cumplir un ciclo desde la apertura; a veces cae justo cuando termina una promoción de “mantención $0” que era condicional.
Esa condicionalidad es la parte que más confunde. En muchos planes, la mantención está atada a un comportamiento mínimo: gastar cierta cantidad, mantener otros productos, recibir el sueldo ahí, pagar a tiempo sin atrasos. No es un castigo por no usarla; es el precio de no cumplir una condición implícita del plan. Por eso el cobro aparece en meses en que no hiciste nada: lo que cambió no fue tu uso, fue tu elegibilidad.
Además, no siempre se cobra por “la tarjeta” como objeto. A veces se cobra por el plan que la sostiene (cuenta + líneas + beneficios), y la tarjeta es solo el canal visible. En otros casos el cobro se multiplica por plásticos: adicional, reemplazo, otra tarjeta del banco. Eso hace que el cargo se sienta arbitrario, porque el nombre es uno solo, pero por dentro puede ser una suma de reglas.
También influye el modo en que los bancos ordenan sus ingresos. Un pago por compras depende de que compres y de que el comercio acepte. La mantención, en cambio, depende de que mantengas el producto activo. Para el banco es un ingreso predecible. Y en una cartera, la tarjeta sin uso es la mejor tarjeta: no genera costos de fraude ni reclamos, pero sigue pagando por estar vigente.
La consecuencia concreta se siente en tu mes, no en la teoría. Ese cargo puede comerse parte del cupo, puede entrar justo antes del cierre y empujar tu pago mínimo, puede hacer que un atraso pequeño se transforme en intereses y recargos. Si no lo miras, termina pareciendo que “la tarjeta se encareció sola”, cuando lo que pasó fue un cobro fijo que apareció.
Lo incómodo es que este diseño funciona mejor con el olvido. Si la mantención se cobra por mantener el producto abierto, el sistema funciona mejor cuando tú no tomas una decisión: ni darlo de baja ni usarlo lo suficiente para que te salga “gratis”. Queda una duda específica: si el cobro no depende de usar la tarjeta, sino de seguir teniendo el permiso, ¿quién está realmente obligado a demostrar que ese permiso te sirve: tú, que pagas por él, o el banco, que lo sigue facturando aunque la tarjeta no se use?