Hay inversiones que no se sostienen por convicción, sino por inercia. No se revisan. No se cuestionan. Siguen ahí porque moverlas exigiría explicarse. Y explicarse, cuando uno ya viene cansado de decidir, se vuelve un costo que nadie quiere pagar.
Desde afuera se ve igual que disciplina. La cartera existe. El gráfico se mira. Las noticias se siguen. Pero adentro la razón íntima ya no está viva. No desapareció de golpe; se fue gastando. Se volvió un argumento heredado: lo que uno pensaba hace dos años, lo que dijo alguien en una mesa, lo que sonaba coherente el día que se compró. No es falso. Solo quedó viejo.
El mercado cambia. La posición no. No por terquedad, sino porque tocarla obligaría a tomar partido. Salir sería una decisión. Quedarse parece neutral. Y la neutralidad, cuando no pasa nada grave, se siente cómoda. Casi responsable. Aunque no lo sea.
Hay mañanas en que llega el correo del broker. Se abre. Se mira el número. Se cierra. Nada más ocurre. Ese gesto mínimo, repetido, termina siendo una política de inversión sin haberla decidido nunca. No porque alguien lo planeara así, sino porque nadie lo interrumpió.
Invertir sin convicción no se siente como duda. Se siente como desgaste. No hay debate interno; hay postergación. Y lo postergado, con el tiempo, se institucionaliza: primero una excusa, luego una defensa, después un relato que ya no recuerda por qué empezó.
Esto aparece más en periodos largos, cuando nada colapsa y nada se arregla. Cuando inflación, tasas y crecimiento quedan suspendidos, sin titulares definitivos. En ese clima, muchos portafolios se arman con “por si acaso” y “ya veremos”. No hay tesis. Hay permanencia.
También está la reputación privada. Nadie quiere ser el que salió antes de la subida final. Nadie quiere cargar con la frase retrospectiva: “lo tenía y lo vendí”. El miedo no es solo a perder dinero; es a perder relato.
Por eso la convicción aparente es frágil. Se sostiene por presión externa: benchmark, comparación, memoria selectiva. Se llama disciplina a lo que, a veces, es solo inercia. Mientras el precio acompaña, nadie pregunta demasiado. Cuando deja de acompañar, la pregunta llega tarde.
Y aquí está la parte incómoda: la inversión puede funcionar igual. Puede subir. Puede rendir. Y aun así estar hueca. Porque lo vacío no es el activo; es el vínculo. En algún punto la posición dejó de representar una idea y pasó a representar una defensa.
Cuando se invierte sin creer, cada movimiento del mercado se vuelve una negociación emocional. Subidas que no alivian. Caídas que no enseñan. Ruido. Y el ruido, con el tiempo, se cobra algo que no suele cotizarse: claridad.
No es un llamado a vender. Ni a comprar. Es menos amable que eso. Mirar la cartera y preguntarse qué parte sigue ahí por una razón actual… y qué parte está ahí para no tener que explicarse. Y aceptar que esa diferencia existe, incluso si todavía no sabemos qué hacer con ella.