Un token puede dividirse en mil partes sin mover un ladrillo. Puede cambiar de manos un domingo; el derecho que dice representar no cambia con la misma facilidad. Sus tiempos —los del registro, los del reclamo, los de la ejecución— son parte del precio, aunque nadie lo cotice. La promesa de tokenizar activos reales suele empezar ahí: hacer que lo real viaje como si fuera un archivo.
Entre 2020 y 2025, cuando “tokenización” se volvió palabra habitual en bancos y fondos, se vendió como traducción: lo real, por fin, hablaba el idioma de la cadena. Pero el punto nunca fue el idioma. Fue el minuto del conflicto, ese momento en que alguien dice “no corresponde”, “no autorizo”, “eso no era así”.
El papel no existe por nostalgia. Existe porque alguien tiene que responder cuando la propiedad se discute, cuando el cobro se atrasa, cuando una firma se impugna. La cadena puede registrar movimientos con una prolijidad perfecta. Lo que no puede hacer, por sí sola, es producir una decisión cuando el mundo se niega a seguir el registro.
Tokenizar, en la práctica, no “sube” una casa o un pagaré. Lo que sube es un libro de cuentas: un registro que promete orden, seguimiento, circulación. Y ahí aparece la confusión que conviene mantener: un registro impecable no reemplaza al registro que manda. Hay registros que convencen y registros que ejecutan, y no siempre son el mismo.
El mercado mira la tokenización como atajo: menos pasos, menos espera, menos fricción. Pero el activo real está amarrado a fricciones que no son técnicas. Está amarrado a reglas del país, a horarios de corte, a notarios, a tribunales, a la custodia, a la posibilidad de que el sistema tenga que elegir entre dos versiones de “lo mío”.
Cuando algo sale mal, el token no se defiende solo. Una disputa de propiedad no se resuelve con una transacción exitosa; se resuelve con una orden. Y una orden no viaja a la velocidad de un bloque. Viaja al ritmo del expediente, del plazo, de la persona que firma, del funcionario que revisa, del recurso que se apila sobre otro.
Por eso la tokenización es menos una revolución y más una capa. Puede volver más fluido el intercambio, sí, pero agrega una tensión que no se ve en la interfaz: ¿qué pasa cuando el token circula con una facilidad que el activo no puede imitar? ¿Qué se compra exactamente cuando lo transferible corre más rápido que lo ejecutable?
En 2026, la tentación es confundir “representación” con “propiedad” porque la representación se ve limpia. Todo se ve limpio en pantalla. Lo sucio aparece después: cuando hay que hacer valer el derecho frente a alguien que no quiere ceder, o cuando la transacción ya ocurrió tres veces y recién ahí empieza la discusión sobre si podía ocurrir.
A veces la tokenización funciona como espejo: muestra que lo costoso no era transferir, sino garantizar. Que lo lento no era mover el pago, sino sostener el cumplimiento cuando el otro lado se endurece. Y que la “eficiencia” era local: ocurría dentro de la cadena, no dentro del mundo.
La duda real, entonces, no es si el activo cabe en la cadena. Es quién paga el tiempo —sin poder cobrarlo— cuando por fin toca ejecutar.