La rentabilidad no existe antes de impuestos

Existe un error cómodo en la forma en que se pronuncian los retornos: como si fueran un dato natural, una propiedad del mercado, un porcentaje que se puede arrastrar de un país a otro sin perder nada. La rentabilidad en bruto es eso: un número que parece viajar bien.

Pero ese número todavía no tiene cuerpo jurídico. No es un resultado; es una hipótesis contable. Funciona perfecto mientras vive en gráficos, comparaciones y promedios, porque ahí se deja mirar sin pedirle identidad. El problema aparece cuando intenta volverse “resultado”, porque en ese punto el mercado se queda corto y entra una pregunta que no se responde con precio: qué tipo de ganancia es esta, y en qué momento se reconoce.

Una misma subida puede ser plusvalía, ingreso, reparto, o una combinación que cambia según el vehículo, el país, el intermediario y la forma en que la ganancia se nombra. Y esa clasificación no es un tecnicismo. Es el instante en que el rendimiento cambia de especie. Retenciones en origen, impuestos aplicados en el reparto, reglas distintas si el activo acumula o distribuye, calendarios que no coinciden con tu año mental. La inversión no ocurre “primero” y el impuesto “después”. El impuesto entra como filtro de identidad.

Por eso dos personas pueden mirar el mismo activo y no estar mirando exactamente lo mismo. No por habilidad, ni por timing, ni por temperamento. Lo que cambia es el circuito que transforma variación de precio en una ganancia con nombre. Hay instrumentos que reparten y te obligan a ver el recorte muchas veces, en descuentos pequeños que se vuelven costumbre. Otros acumulan y lo muestran tarde, de golpe, cuando la historia ya estaba escrita y solo faltaba la firma.

En ese tránsito el rendimiento pierde su neutralidad. Antes de pasar por el filtro, el número se ofrece como promesa: limpio, comparable, con esa facilidad que tiene lo bruto para parecer universal. Después, ya no es universal. Es local. Tiene reglas, fechas, categorías. Y entonces el mismo porcentaje deja de ser una “medida” y empieza a comportarse como un caso: algo que depende de cómo el sistema decide registrarlo.

Esto cambia la psicología sin anunciarse. Uno cree que elige exposición: una empresa, un sector, una tesis. Y a veces está eligiendo otra cosa menos épica: una forma de reconocimiento. Un orden de tiempos. Una mecánica de clasificación que decide cuánto de ese retorno puede existir como resultado y cuánto queda como cifra sin estatuto.

La duda final no es si el impuesto es alto o bajo. Es más incómoda: si el retorno necesita una etiqueta para existir como resultado, por qué seguimos comparando porcentajes en bruto como si fueran la misma cosa. Qué parte de la narrativa financiera es precio, y qué parte es la forma en que el sistema deja ese precio con nombre.

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